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Il corpo


EL CUERPO DESOBEDIENTE ha sido publicada en italiano por EDIBOM (http://www.edibom.com/le-nostre-pubblicazioni/107-il-corpo-disobbediente.html) con edición al cuidado del poeta y ensayista  Filippo G. di Bennardo, traducción del profesor e investigador Andrea Gallo e introducción por la profesora Federica Colleoni. Os dejo con esta última, traducida por mí:

La novela corta El cuerpo desobediente -de Fernando Gómez Mancha, joven autor español- está dedicada a Florencia y a la soledad que acompaña a los sueños. Apenas se inicia la narración cuando ya el lector se descubre involucrado en la historia y en la interrogante que esta suscita: ¿Por qué un autor español decide ambientar un relato contemporáneo precisamente en la capital de la Toscana? ¿Tan solo por su belleza y su fama? Por supuesto, el estatus de esta ciudad como cuna del Renacimiento la hace especial, hasta el punto que –sobre todo en los países anglosajones- ha sido, muy a su pesar, convertida en imagen de postal, en otro lugar mítico que no logra escapar de los estereotipos. Es palpable que dicho estatus tiene una cierta relevancia en la elección que hace Gómez Mancha del escenario de la historia, pero la tiene por un motivo mucho más sutil: el núcleo central del relato reside en la conexión-conflicto ente la ética y la estética, entre el arte y la vida, que precisamente el Renacimiento –el inicio de la modernidad- ha querido restaurar, aunque quizás solo de forma utópica, a través de la metáfora de la ciudad.

El protagonista, un artista, un ilustrador, está obsesionado no por casualidad con el deseo de una ciudad; es el suyo un deseo que, en el momento en que se hace realidad, dejará de ser un sueño y será reemplazado por un nuevo anhelo. Aquí, entonces, Florencia adquiere también el estatus de ciudad abstracta, de ciudad mental, imaginaria, capaz de inducir a un enajenamiento geográfico y psicológico a aquel que la habita por elección y no por nacimiento. Autorrelegándose en esta nueva dimensión de belleza, autorreferencial y obsesiva, el protagonista sufre y cae en la desesperación.

Para alcanzar Florencia, de hecho, ha dejado en España una familia a la que ama tiernamente, pero que está dispuesto a sacrificar para cumplir con un destino que parece inevitable. Tras leer las páginas en la que el narrador nos cuenta la profunda relación que lo une a su mujer y a sus dos hijos, el lector se queda –por lo tanto- sorprendido cuando este elige dejar todo eso, una elección que parece justificada por la voluntad de abandonar una ciudad fea y mudarse, él solo, a una ciudad bella. El cortocircuito ético-estético es vibrante y doloroso y deja atónito tanto al lector como al narrador, el cual no esconde su sufrimiento, su dolor por una pérdida autoinflingida y lacerante. El protagonista-narrador cambia, por lo tanto, una ciudad fea, sin murallas -alejada de su ideal a pesar de ser real y estar llena de vida- por una ciudad ideal, un especie de ciudad invisible calviniana, en la que la relación con los lugares se revela de una forma tan abstracta que amenaza con conducirlo a la locura. Los recuerdos familiares, la evocación de los momentos vividos en casa, son detallados hasta el más mínimo detalle y resultan desesperadamente sinceros y conmovedores, plenos de una emocionante y profunda veracidad. Estos funcionan como contrapunto perfectamente conseguido a la nueva y escogida existencia del protagonista, confirmando el dualismo de la historia, dividida entre el ayer y el hoy, entre el aquí y el allí, entre la realidad y la abstracción.

La novela está asimismo dividida en una doble narración: la del hombre que deja la realidad para abrazar el mito y la del hombre cuya voz es casi inaudible, muy débil, ahogada por un extraño dolor físico, misterioso, descrito con minuciosidad, un dolor provocado por una oscura desgracia que solo se desvelará hacia el final. Desde este punto de vista, la novela desarrolla su estilo, su género, del horror al misterio, al noir, para acompañar al lector, desde tipologías narrativas reconocibles hacia un territorio nuevo, distinto, inquietante. La ya comentada duplicidad de la narración señala a nivel textual la ambivalencia, la inquietud metafísica del protagonista. Por un lado, la nostalgia de lo cotidiano, de lo familiar; por otro el tormento del presente, el cual se resiste al empeño de convertirse en real, quedándose siempre condicionado por un irreductible carácter de lo abstracto.

También, los recuerdos de su infancia se confabulan para privarle de esa serenidad que se supone debería tener la vida de cualquier niño. El protagonista nos cuenta una pesadilla recurrente que ha minado su infancia y, en consecuencia, su vida entera, una pesadilla en la cual él ve la amenaza que los otros no son capaces de ver, representada por un personaje inquietante que –en términos freudiamos- constituye el elemento perturbador de su existencia, la parte monstruosa, anómala, que socava la normalidad y la aleja de esta. Es así como, a causa de esta presencia inquietante, los sueños del protagonista se transforman en pesadillas, al igual que la ciudad de sus sueños acabará por transformarse también en una ciudad-pesadilla, tanto por su propia causa como a causa de su adorada familia a la que ha dejado atrás.

Tan solo al final, ya pasado el peligro de esa oscura condición que amenazaba con ahogarlo, el protagonista volverá a emerger hacia la luz. La narración se recompondrá y también, aparentemente, la psique del personaje, el cual descenderá finalmente para pactar con sus propios sueños y pesadillas. Sin embargo, el lector se verá de nuevo sorprendido, a pesar de que aquello que le va a sorprender pueda ser ya intuido y temido desde el inicio de la historia: desde la primera página, de hecho, el lector se interroga sobre la posibilidad por parte del protagonista de escapar de la trampa en la que voluntariamente se está metiendo. Al final, la mente del protagonista vislumbra una vía de escape, pero quizás es ahora cuando el cuerpo le desobedece y huye de una última esperanza de ser rescatado.

El cuerpo desobediente es breve y cautivador, su prosa es lúcida y de trazos líricos (textos de poetas y cantautores son citados por el narrador en determinados momentos) y la traducción al italiano ha sabido conferir al lenguaje una cierta dosis de poeticidad que lima, reduce y limita lo figurativo, lo abstracto, la sequedad…

Gómez Mancha -que además de la escritura practica el diseño gráfico- nos propone una metáfora de la condición del artista, escindido entre el imperativo de crear y el de vivir el día a día, una metáfora perfectamente conseguida en este texto, a pesar de o, quizás, gracias a su brevedad y concisión. 

Federica Colleoni

James Madison University

Harrisonburg, Virginia (Estados Unidos) 

9 de octubre de 2011

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